Segundo premio del concurso de relatos “Refugiados”.

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Blanca Romero Sayago ha obtenido el segundo premio en la categoría 2 (4º de ESO, Bachillerato y Ciclos) en el concurso de relatos “Refugiados” que nuestro instituto ha convocado como colofón de las Jornadas de Refugiados que celebramos el pasado mes de enero. Os dejamos aquí el texto del relato.

Blanca Romero Sayago: Sueños rotos

Cada estallido de bomba hace que mil imágenes vengan a mi cabeza, y que las palabras de mi abuela resuenen sin cesar, – Esto acabará pronto – decía, y yo en un principio la creí. Pero sé que ella en el fondo sospechaba que esto no iba a ser así. Recuerdo cuando le preguntaba cómo era su vida cuando era pequeña, cómo era aquella tierra llamada Palestina, que hoy está reducida a la sombra de lo que era entonces. Aunque la mayoría de sus historias no eran un cuento de hadas me gustaba escucharlas, era como si ella me estuviese preparando para esto. Ella, que tuvo que abandonar su país por ser judía. Ella, que ya fue refugiada. Ella, que ya no está.
Mi abuela fue otro daño colateral de este enfrentamiento, donde sólo manda el poder, y donde las víctimas sólo son un número: 500.000 desde que empezó la guerra. Una bomba cayó sobre el hospital en el que estaba ingresada. Desde ese día me prometí que lucharía porque esto acabara, porque no hubiese más víctimas, y porque la Siria que hoy está bajo escombros renaciera como el ave Fénix.
Estoy escuchando mucho ruido en la escalera de mi bloque de pisos cuando mi padre llega muy alterado del trabajo, dice que debemos marcharnos, que ha oído que la próxima bomba caerá demasiado cerca de nuestra casa. Nos cuenta también que un compañero suyo le ha presentado a un hombre que puede ayudarnos a escapar, por sólo 2.000 euros estaremos los cuatro en unos días en Europa, sólo tenemos que desplazarnos hasta Turquía y allí nos subirán en una embarcación que en menos de un día nos llevará hasta Grecia. Cuando lo oigo no puedo evitar que una lágrima resbale por mi mejilla, sé que allí todo será diferente. Europa es el futuro, la felicidad, la libertad; pero Siria es mi casa, y aunque no soporte pasar un segundo más en este país, no puedo evitar conmoverme, aquí he crecido, aquí he sido feliz y aquí ahora estoy muriendo.
Me pongo ropa abrigada, en alta mar hace muchísimo frío y debo estar preparada para soportar el viaje. Nos dicen que sólo podemos llevar un objeto personal que no ocupe mucho espacio, en la barca estaremos muy apretados. Cojo el diario que me dio mi abuela para tener su recuerdo siempre presente. Vamos en coche hasta Turquía, tardamos unas 6 horas y cuando llegamos al puerto es de madrugada. Nos dan unos chalecos salvavidas, y nos meten a todos en la barca a toda prisa, la policía no puede darse cuenta de que estamos abandonando el país ilegalmente. Estoy muy agobiada en la barca, es muy pequeña y somos unas 30 personas, pero debo aguantar, sólo serán unos días, intento convencerme de eso. Cuando lleguemos nos espera una nueva vida, donde no habrá lugar para la guerra, donde todo volverá a ser normal, o eso dicen.
Al amanecer sentimos un poco de alivio, el sol pega en nuestra piel y nos calienta, después de la rociada de la noche necesitamos sentir esa luz solar. Confío en que llegaremos antes de que anochezca de nuevo, nos dijeron que llegaríamos en menos de un día. Cuando veo que el sol va escondiéndose empiezo a preocuparme, me da mucha ansiedad, siento que nos perdemos en la inmensidad del mar, que vamos a la deriva, sin ningún rumbo, y no puedo evitar pensar que quizás esos hombres nos han engañado para quedarse con nuestro dinero. Mi hermano pequeño duerme tranquilamente pero la poca luz que hay me permite ver que mi madre tiene muy mala cara, me dice que le duele la cabeza y que tiene mucho frío. Necesitamos llegar a tierra ya, mi padre no sabe cómo ayudarla y está entrando en pánico. De repente, oigo el grito de una mujer que pide a gritos ayuda. Su hijo sufre de hipotermia, no se mueve y nadie sabe qué hacer.
En pocos minutos vislumbramos una luz a lo lejos, que poco a poco va acercándose. Nuestra salvación es un barco de pesca que estaba faenando en esa zona y que inmediatamente llama a la Cruz Roja para que venga a recogernos. Se llevan a mi madre, al niño con hipotermia y a un anciano que estaba en shock, para que los médicos puedan atenderlos rápidamente.
No puedo creer que esta pesadilla esté acabando, la situación me sobrecoge y no sé qué hacer. Por fin llegan a por nosotros, nos dan mantas y agua, todos tenemos mucho frío y estamos deshidratados. Sólo podemos dar gracias: gracias Europa por acogernos. Lo logramos, increíblemente, lo logramos. Cuando llegamos a la costa nos llevan hasta un campamento donde dicen que  pasaremos unos días hasta que nuestros papeles se regularicen.
Mi madre mejoró rápidamente, sufrió migrañas por el estrés del viaje. Ahora que nos encontramos en el campamento de Lesbos dudo que mi vida vuelva a la normalidad. Nos dan largas cuando preguntamos por el permiso de residencia. Oímos historias de personas a las que devuelven a su país y tememos que nos pase a nosotros. Todo lo prometido fue una farsa. Europa no es lo que parecía. Europa es el lobo disfrazado de oveja.
Hoy hace tres semanas desde que llegué aquí, a este campamento donde lo único que puedo hacer es esperar y pensar. Pensar en cómo hemos llegado a esta situación. Pensar en por qué hacen esto, en cómo puede algún ser humano exterminar a todo un pueblo por conseguir el poder. Sé que quizás nunca obtenga respuesta. Yo, que imaginaba que iba a cambiar mi país, que lucharía por la igualdad y la democracia. Yo, que ahora estoy derrotada y con todos los sueños rotos.”

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